Historia

Aislados en La Planta: vivir en el desierto sanjuanino sin temor al coronavirus

La comunidad de La Planta, ubicado a 135 kilómetros de la ciudad de San Juan, vive en medio del desierto, Para llegar a la ciudad de Caucete dependen del colectivo que pasa por Marayes, a un kilómetro de allí.
lunes, 6 de julio de 2020 00:00
lunes, 6 de julio de 2020 00:00

Una vieja tranquera, al costado de la ruta 141, demarca la vía de acceso a un lugar prácticamente desconocido por muchos. A 135 kilómetros de la ciudad de San Juan, un pueblo aislado llama la atención de algunos pero llegar a éste no es fácil. Transitando una huella de casi un kilómetro se puede llegar al corazón del lugar y encontrar "un mundo" donde la libertad le hace frente al aislamiento y el desierto marca los desafíos.

Ingresar en auto rompe la armonía y tranquilidad del paisaje. Quienes viven ahí se ven sorprendidos cuando un auto transita y dejan de lado el mate con las semitas sobre la mesa para tratar de mirar quiénes van en su interior. No es común que cualquier día de la semana, un vehículo ingrese allí y menos en época de pandemia.

En La Planta viven alrededor de 350 personas distribuidas en 50 familias a lo largo y ancho del lugar. Sus casas son humildes, de adobe y caña, y no existe el pavimento, sólo hay tierra y algunos chañares que dan una sombra acogedora. En el centro está la escuela República de Bolivia, un lugar que hasta hace unos años generaba energía a los lugareños a través de sus paneles solares. Hoy, el paisaje luce con los postes de luz eléctrica a la que accedieron recién en el 2012. 

"La cuarentena no nos afecta acá, nos juntamos a jugar todo el tiempo", dice entre risas a Diario La Provincia SJ, Maribel Ibáñez, una adolescente de 15 años de edad que vive con sus padres y hermanos en el viejo edificio que dejó la ex planta minera. Allí la estructura de ladrillones, que supo ser el centro administrativo de la planta de oro de la década del 30, conjuga pasado y presente.

Sus moradores conservan algunas inscripciones de antaño en sus paredes y a su vez tienden largas sogas para colgar la ropa para que se seque con el poco sol que queda de una tarde de invierno. Entre esa ropa cuelga un cubreboca cosido a mano y que sirve sólo para usar cuando se va a la villa cabecera de Caucete para hacer todas las compras de alimentos para el mes.

"Cuando tenemos que ir a comprar o cobrar pedimos combis. Acá no estamos tan encerrados, no usamos barbijo. Estamos bien pero hay veces que nos falta la movilidad para cobrar o comprar alimentos. El resto es normal", agrega Valeria Romero (30) quien recuerda entre risas lo que sucedió a fines de marzo y principios de abril cuando el país ingresó a una cuarentena estricta para frenar el coronavirus: "la policía venía a veces con micrófonos diciendo 'quédense en sus casas', 'cuidado con el coronavirus'".

Esa escena generaba incertidumbre en los pobladores y algo de temor pero con el correr de las semanas, todas las sensaciones se fueron perdiendo. Se sienten seguros por el aislamiento propio que tienen de forma casi natural. Salir e ingresar al lugar no es fácil y mientras permanecen ahí no le tienen miedo al coronavirus.

"Acá no ha sido muy estricta la cuarentena, como estamos en el campo. Pero el problema es para viajar, cuando tenemos que ir a cobrar o comprar. Lo demás no. Nos dijeron quédense en casa y nos quedamos. Tampoco tenemos donde ir. La vida sigue normal, como siempre, ahora un poco más quietos porque no se puede salir. Antes nosotros permanentemente salíamos al centro de Caucete pero ahora ya no", explica Juan Mercado, quien es portero de la escuela República de Bolivia y vive a pocos pasos de ésta. 

Llegar a la villa cabecera de Caucete implica todo un desafío. Los habitantes de La Planta, la mayoría hacheros y crianceros, deben ir hasta Marayes que queda a 2 kilómetros y ahí esperar el colectivo que demora casi 2 horas en llevarlos hasta el lugar de destino. Hasta hace unas semanas, una combi de la municipalidad los movilizaba pero dejó de ir por la vuelta a las rutas del transporte público de pasajeros. 

"Ahora nos han dicho que tenemos que tener un permiso pero no sabemos nada. Nosotros hacemos una compra grande una vez al mes, porque no hay una movilidad para salir a Caucete", lamenta.

Pero la falta de movilidad plantea otro problema: la falta de asistencia ante un problema de salud. Es que la escuela se convierte en salita de atención primaria los viernes cuando llegan hasta allí un grupo de médicos y enfermeros para hacer chequeos. Sin embargo, la salud de los habitantes "no tiene día ni hora" y se pueden enfermar en cualquier momento.

"Para nosotros es un problema porque se trata de la salud de los chicos. Acá vienen los médicos los viernes, atienden en la escuela, porque acá no hay una sala. Atienden a los niños, a los grandes", detalla Verónica Mercado quien se refugia en Dios para confiar en que no llegará el COVID-19 allí.

"No le tengo miedo al coronavirus, porque creemos que Dios nos guarda y cuida. Vivimos a kilómetros de los médicos pero gracias a Dios él nos protege siempre. Acá no hay enfermeros ni médicos, solo en Marayes. Estamos totalmente aislados pero tenemos una iglesia y creemos que del hombre estamos abandonados pero no de Dios", finaliza.

 

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