Mea culpa

El ejemplo de la confesión no pretende trasladar un paradigma religioso, sino mostrar que los conflictos exigen apertura recíproca y la aceptación de las propias dificultades con el cambio que conllevan: es decir, el mea culpa y el propósito de enmienda.
domingo, 06 de abril de 2014 06:25
domingo, 06 de abril de 2014 06:25

 Por: Ivan Grgic

Ha sorprendido al mundo el caminar del papa Francisco hacia el confesionario, sus rodillas hincadas frente al sacerdote y sus minutos de "mea culpa”. Nunca se había visto a un Papa en ese momento, aun cuando se sabía de la confesión diaria de los beatos Juan XIII y Juan Pablo II, prontos a ser canonizados el 27 de abril.


La confesión es un acto de fe en la misericordia de Dios que abraza a sus hijos y con su amor los llama a dejar atrás sus pesos y las decisiones equivocadas que causaron daño. Los cristianos creen que es un verdadero acto de redención y entienden que la recepción del amor divino es lo que saca a la luz la verdad de su debilidad y provoca en el interior dos cosas: el mea culpa y el propósito de enmienda. El mea culpa es un reconocimiento de ser débil y haberse equivocado. El propósito de enmienda es la decisión de corregir, de remediar, de reparar y resarcir. Es la teoría de lo que vivió Francisco.

Los conflictos humanos guardan de alguna manera el mismo proceso para su solución, sea en el matrimonio, en un equipo de trabajo, en una empresa o en una conciliación salarial. El primer paso es el reconocimiento de la necesidad de acuerdos, con lo que implica de acercamiento, de escucha y voluntad para el entendimiento. El escalón siguiente es la predisposición anímica para el encuentro que abra espacios a las palabras y las soluciones. Finalmente, los acuerdos vendrán con la aceptación de la cuestión que cada parte debe cambiar y la transformación misma. Sin ésto no hay resolución real ni total.

Desde diciembre se vive en el país un ambiente  enrarecido por los conflictos de reclamos salariales. Algunos continúan actualmente. La gran mayoría, sino todos, han fundamentado la lucha por un aumento en función de la inflación, pero también en razón de dificultades propias de su gremio: cargos de suplentes, aumento del básico, zona desfavorable, etc. Algunas paritarias se resolvieron rápidamente; otras tuvieron largos días de paro a tal punto que entraron en las tratativas la impunidad de haber desafiado la justicia que los instaba a resolver el conflicto.

Hay espacios como la educación, la seguridad, la salud entre otros, cuyos reclamos no carecen de razonabilidad, pero sus  resultados son cada vez más cuestionados. ¿Será que los únicos que pueden reclamar son los de un lado de la mesa paritaria? ¿Será que esos conflictos plantean cambios solo de una parte? Si solamente se puede reclamar desde un lugar, eso implica que no tienen nada que cambiar, nada que reconocer como equivocación, nada que evaluar para mejorar.

El ejemplo de la confesión no pretende trasladar un paradigma religioso, sino mostrar que los conflictos exigen apertura recíproca y la aceptación de las propias dificultades con el cambio que conllevan: es decir, el mea culpa y el propósito de enmienda. Es necesario que los propios protagonistas de determinados sectores de trabajo, luego de señalar sus válidos derechos, muestren sus dificultades y sus propuestas de cambio.

Esta semana el Papa ha vuelto a reiterar ante jóvenes belgas que se equivoca y que debe corregir siempre sus errores. Por eso cuando se arrodilló para confesarse no se lo entendió como marketing, sino la coherencia que muestra desde hace un año con su mea culpa y su propósito de enmienda. Si en nuestros conflictos locales no se orienta un camino similar, no será profetismo predecir la baja calidad de las prestaciones del 2014 y los paros del año próximo. Una vez más.

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