Historia

Matagusanos, el pueblo fantasma donde solo viven dos hermanos

Francisca y Florencio son dos hermanos que viven al costado de la ruta 40, en condiciones precarias.
lunes, 8 de mayo de 2023 09:47
lunes, 8 de mayo de 2023 09:47

Un cartel agrietado lo anuncia al costado de la legendaria ruta 40, Matagusanos, a secas y sin ninguna otra explicación. Detrás de él, rodeada de polvo y tierra arcillosa, ausente toda de vegetación y aparentemente de vida, una casa ensamblada con ladrillos de adobe, remiendos y madera, justifica el cartel. El pueblo quedó huérfano de otras casas, pero también de presente. Allí resisten los hermanos Díaz, Francisca, de 91 años, y Florencio, de 80 años. Viven sin red de agua potable ni eléctrica. “El tiempo se ha olvidado de nosotros, y ya no envejecemos más”, cuenta el hombre que ha perdido esperanzas, pero reconoce que vive en un lugar hermoso.

¿Por qué se llama Matagusanos el paraje? “Es sencillo, porque no crece nada, no hay vida, la tierra es seca y arcillosa, las semillas se mueren solas y ni los gusanos aguantan”, explica. Los dos hermanos representan la excepción, con recursos muy escasos, han elegido este rincón del mapa sanjuanino donde la sequedad del ambiente, el extremo calor del verano y el impiadoso invierno desestiman todo intento de la naturaleza de abrigar la bendición de la vida, más de 40 grados y 10 bajo cero, la amplitud térmica estacional. Una vez por semana desde Villa Ibañez, capital del departamento Ullum, de quienes dependen, le acercan 5000 litros de agua. “A veces nos quedamos secos y tenemos que esperar a que llueva”, cuenta Florencio.

Foto: Leandro Vesco (La Nación)

Están allí desde 1991, ninguno fue a la escuela. “Vine a acompañarla a ella, somos hermanos muy unidos”, confiesa Francisco. Nacieron en Sierras de Chávez, en Valle Fértil, en el extremo occidental de la provincia. Hasta abril de 2021, vivían con uno de los hijos (tiene tres) de Francisca y su hija, pero la joven se fue a vivir a Albardón, un pueblo vecino. “El otro hijo viene cada quince días, o cuando se acuerda”, dice la mujer.

Aparenta menos edad, al igual que su hermano. “Debe ser el aire, que ahuyenta las enfermedades, también el poco roce con la gente. La gente enferma mucho”, argumenta Francisco.

Dos fardos de pasto son el poco alimento que deben racionar para los cabritos, que conviven con una mula, una yegua, chanchos y unas gallinas flacas que cuando se acuerdan ponen huevos. “Están cada vez más fiacas”, cuenta Florencio. Dos perros custodian esta humanidad precaria y primitiva, tratan de poner orden pero el viento Zonda que comienza a llegar de la cordillera, les mueve hasta las piedras. La casa tiembla. “Nadie para acá, voy a la ruta y me entretengo contando autos”, cuenta Florencio.

Foto: Leandro Vesco (La Nación)

La ruta 40 es una columna vertebral mitológica que adhiere nuestro mapa a la Cordillera de la Andes, pasan cientos de autos por día. “A veces paran de otros países pero no les entiendo el idioma, sacan fotos, nos abrazamos y se van”, dice Florencio.

Matagusanos está lejos de todo. A 40 kilómetros de San Juan Capital, y 22 de Talacasto, donde existe un parador que es una parada obligada de los viajeros, la única conexión a internet posible en este territorio con escasa vegetación.

“Hay días que no tenemos qué comer”, reconoce Florencio. Francisca, que tiene pleno control de la casa, a pesar de ser la más anciana, es muy activa. Ella llama a un remise. ¿Cómo lo hace? Tiene un viejo celular de primera generación y debe subir al techo de la casa.

“Sólo ahí tiene un poco de señal”. Una vez por mes sube y espera pacientemente hasta que mágicamente una barra o, acaso, dos, aparezcan en la pequeña pantalla. “Nos sale muy caro ir a cobrar”, cuenta Florencio. Son 4000 pesos ida y vuelta. El trámite es rápido. “Estamos sanos porque huimos de la gente y en el centro hay mucho ruido, no nos gusta el ruido”, reconoce Florencio. Ese día compran carne, y hacen un asado. Durante todo el mes improvisan y deben prepararse para la escasez. Sin posibilidad de comprar frutas, ni verduras u otros víveres, están a merced de la ruta.

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