Historia

Fue a Malvinas con la misión de izar la bandera argentina, lo logró y ahora trabaja por ex combatientes

Leandro Neri Caballero es sanjuanino y tenía 21 años cuando fue a la guerra. Al regresar, los recuerdos llevaron a que se aislara en Valle Fértil, en medio de una lucha por retomar la normalidad de su vida.
viernes, 2 de abril de 2021 11:05
viernes, 2 de abril de 2021 11:05

A los 21 años, generalmente la vida de un joven siempre se basa en comenzar a trazar su futuro, buscar cuál es el camino que lo llevará a alcanzar sus metas y trabajar por eso. A los 21 años, en 1982, el sanjuanino Leandro Caballero Neri vivía otra realidad. Su proyecto de vida lo había comenzado tiempo antes en el Batallón de Infantería de Marina N2, como cabo segundo infante de marina, en la Base Naval de Puerto Belgrano.

La guerra por la recuperación de las Islas Malvinas lo llevó al sur, a cruzar las frías aguas del mar hasta llegar a esas tierras que aún ahondan profundo en el corazón de los argentinos. Su misión era clara, la tarea fue diferente a lo que esperaba y las secuelas aún las trabaja.

“Nuestra unidad fue enviada el 27 de marzo con rumbo desconocido, ya estando dentro del Buque San Antonio, nuestro comandante eligió a 20 personas y fui parte de ese grupo, como uno de los cabos más modernos de la unidad. Nos informaron que teníamos que preparar en el rol de combate a toda nuestra unidad, eran aproximadamente 300 infantes de marina”, comenzó relatando Leandro, a Diario La Provincia SJ, sobre lo que fue la antesala de la batalla.

En navegación, su rol era secciones de asalto y lo llevó a trabajar en la organización de todos los que participarían en el desembarco en Malvinas. La llegada fue diferente a lo planeado, y aunque las tareas se trataron de llevar al pie de la letra, la sorpresiva importa de los ingleses los obligaron a abrir fuego y perder a un querido compañero, en tan sólo minutos de comenzado su accionar.

“Cuando estábamos en navegación, el 1 de abril, se informó a todas las fuerzas de desembarco que teníamos que recuperar las Islas Malvinas el día 2 de abril porque se cumplían 150 años el 3 de enero de 1983 y era sí o sí que teníamos que ir. La orden fue clara, desembarcar en Malvinas, tomar como prisioneros a los militares, sacar al Gobernador e izar nuestra bandera argentina, dejar 500 hombres y dar la vuelta. Una vez estando ahí, yo sabía que era parte de la sección de asalto y eran las primeras olas después del desembarco las que nos iban a marcar. Los comandos anfibios que desembarcaron son los que tenían que marcar a la infantería de marina y a los que íbamos a desembarcar”, recordó.

La llegada fue al Golfo San Jorge y aunque actuaban de acuerdo a lo aprendido, aún la sorpresa invadía sus pensamientos ya que ni Leandro ni sus compañeros esperaban que sean enviados a las islas. Si los ingleses no atacaban primero, los argentinos no podían abrir fuego, tampoco entrara a las casas de los moradores de las islas ya que eran considerados argentinos, aunque la vadera blanca, roja y azul en las puertas de sus viviendas, dijera otra cosa.

“Teníamos que respetar los derechos de las personas que estaban ahí, sólo teníamos que atacar a los militares y tomarlos prisioneros pero también los tratamos de igual a igual. En la entrada a Malvinas ya estaban combatiendo los comandos anfibios cerca de la casa de Gobierno, entonces seguimos desplegándonos en terreno y cerca del mediodía nos enteramos que ya había fallecido un argentino. Posteriormente se hizo una formación general donde se cambió el pabellón inglés y se izó el pabellón argentino, frente a lo que era la Plaza de Armas que tenía la gobernación. Vi esa formación de costado y es el orgullo más grande que nos quedó”.

A partir de entonces las tareas de operaciones fueron varias y se extendieron por algunos días más. La ilusión era otra, al igual que el ímpetu, el equipo había logrado su cometido ese 2 de abril. “En mi caso no estuve los 74 días en Malvinas, fuimos retirados de la isla y una vez que estuvimos en territorio argentino, volvimos a nuestras unidades en Río Gallegos y una vez que se dio la orden de que Infantería de Marina ocupara parte del territorio en defensa de la soberanía sobre Malvinas, una unidad de Río Grande y otros equipos se plegaron a lo que yo hacía. Nos tocó estar en defensa del territorio de Tierra del Fuego contra Chile, porque ellos habían plegado, desde el sur argentino en Río Gallegos, el espacio aéreo, marino y terrestre, el apoyo a Inglaterra. Estábamos en posiciones de combate, en la frontera, hacia Chile también”, detalló.

Si bien otras unidades fueron enviadas nuevamente a las Islas, en la guerra, Leandro ya no volvió y se quedó en tierra de Río Grande, cumpliendo tareas. Las noticias sobre lo que pasaba en Malvinas, como el hundimiento del General Belgrano, lo escuchaban por radios de Chile o de Uruguay que se escuchaban en el sur de Argentina, hasta el final de la guerra.

Al regreso a San Juan, la historia era otra y Leandro debía vivir con los fantasmas de la guerra. Asegura que no podía hablar mucho ante las insistentes preguntas de su padre de cómo había sido todo. Sin embargo, su dolor aumentó cuando familiares le preguntaron por uno de los integrantes se había alistado de voluntario en la Marina.

“Vino su mamá y me preguntó si sabía algo de su hijo, como militar yo sabía que su hijo había muerto en el Crucero General Belgrano pero era tata la expectativa de sus papás de que apareciera con vida, que yo no podía sacarles esa ilusión. Entonces esos días me fui a Valle Fértil donde nadie me conocía, ahí me quedé despejando mi cabeza una semana, volví a mi casa y traté de hacer mi vida normal en la carrera militar”, contó en medio de su lucha.

Cerca de 10 años después, y ya con una carrera consolidada, Leandro se convirtió en uno de los primeros profesionales en integrar el programa de asistencia a los ex combatientes que hasta el día de hoy batallan día a día con los recuerdos de una guerra.

“La Armada Argentina me puso en la División Veteranos de Guerra para ayudar a los conscriptos de la Marina, en atención médica y que se les diera las primeras asistencias psicológicas, después de volver de Malvinas.  Ya muchos compañeros se habían suicidado porque no había contención y es algo que aún sigue pasando. No se sabía cómo tratar a un veterano de guerra, muchos piensan que “somos los loquitos de la guerra”, no, para mí son unos señores profesionales que dieron su vida por defender la soberanía de las Islas y parte de los derechos que tenemos sobre Malvinas y la Antártida. El orgullo siempre fue para mí, que en 2 de abril de 1982, después de 149 años, flameó en Malvinas nuestro pabellón”, finalizó.

Hasta la actualidad, Leandro lleva la lucha por la importancia de no olvidar lo que pasó y es referente tanto en San Juan como en el país. Aún siente cada bomba, cada disparo y el dolor vuelve a resurgir cuando un compañero decide terminar su vida por aquellas sombras. Su batalla, a 39 años de ocurrida, aún no cesa, aún le queda mucho por cumplir y su grito sigue siendo el mismo. Siempre adelante.

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