Historia

Ester, la enfermera sanjuanina que atendió a cientos de héroes de Malvinas y curó más que heridas

En un nuevo aniversario de la guerra que marcó la historia argentina, a sus 66 años, Ester Algañaraz cuenta cómo vivió aquellos días en el Hospital Naval y los recuerdos que jamás podrá borrar.
jueves, 2 de abril de 2020 00:00
jueves, 2 de abril de 2020 00:00

Hablar de Malvinas, para los argentinos es hablar de una herida abierta. A 38 años del comienzo de aquel enfrentamiento bélico, todavía, a quienes les tocó vivirlo en carne propia, cargan con los recuerdos que parecen pesar más que los años.

Es la historia de una enfermera sanjuanina, Ester Algañaraz, a quien los caprichos de la vida la llevaron a estar en un escenario inimaginable, y ahora, con sus 66 años, también inolvidable.

Nací en San Juan y viví allí hasta mis 23 años, cuando ocurrió el terremoto de 1977, vivíamos en Caucete y fue entonces que perdimos todo y con mi hermano nos fuimos a Punta Alta, Buenos Aires, donde él era marino. Tiempo después, gracias a mi cuñada que era enfermera comencé mis estudios, en el año 1979, pero nunca me imaginé lo que me esperaba”, relató con profunda emoción Ester, a Diario La Provincia SJ.

Ester a sus 26 años en el Hospital Naval Puerto Belgrano

Joven e ilusionada por el camino que empezaba a recorrer como enfermera, entró al Hospital Naval Puerto Belgrano, que era el hospital central de las tres fuerzas armadas. Allí sus pasillos vieron el terror de la guerra, y Ester también.

Recibimos a los heridos y fallecidos de Malvinas y los atendimos junto a 160 enfermeras civiles más, no éramos enfermeras militares. Hubo momentos que no voy a olvidar nunca, recibíamos a los conscriptos y personal de cuadra de distintas provincias que entraban con una mirada ausente, no sabían por qué estaban ahí y en esas condiciones. Llegaban sucios, heridos, y nosotras los atendíamos y curábamos”, agregó.

Hospital Naval Puerto Belgrano, Punta Alta

Con 26 años fuimos madres, hermanas mayores, amigas y compañeras. Teníamos prohibido llorar, cada vez que los veíamos y escuchábamos, salimos corriendo y quebrábamos en llanto. La ausencia de sus familiares la cubríamos nosotras, éramos la familia que les faltaba”.

Fue entonces que a medida que los días transcurrían en Malvinas recibían cada vez más heridos y fallecidos, cada uno en situaciones extremas de las que sólo algunos podían salir.

“Son incontables los heridos que atendimos, de todos los pacientes habían quemados, mutilados, la mayoría con pie de trinchera que era el pie congelado; desnutridos por completo, no soportaban la alimentación y fallecían. Nos poníamos una coraza y los acompañábamos porque se nos iban…”, contó.

Uniforme de enfermera de Ester Algañaraz donado al Museo de Catamarca

“No me voy a olvidar jamás de un chico de Corrientes de apellido Sosa, a quien un día, después de retirar y repartir las cartas de sus familiares, lo vi llorar con desconsuelo y no abrir el sobre. Me senté en su cama y le pregunté por qué no leía su carta y me contestó: “Señora, no puedo leer mi carta porque no sé leer”, en ese momento sentí que me moría. Me sequé las lágrimas y se la leí y le escribimos una carta a su familia. A la semana falleció debido a la amputación de sus dos pies, no soportó”, recordó con la voz temblorosa reflejo del sacudón de los recuerdos.

Y para Ester el dolor y la preocupación no sólo a abrazaban en entre las paredes del nosocomio, ya que sabía que en su casa, dentro de la base naval, estaban sus pequeños hijos esperándola.

Al de nueve años lo dejaba cuidando al bebé de ocho meses. Había una vecina que los cuidaba pero no los podía sacar de la casa. Cada vez que me iba a trabajar dejaba un bolso armado con todo lo que ellos necesitaban porque si sonaba la sirena de alerta tenían que salir de ahí con lo indispensable. Rezaba para que no sonara nunca”, dijo la mujer sollozando.

Esther en la actualidad, en la charla “El rol de las mujeres enfermeras en Malvinas"

Pero la guerra pasó y la oportunidad de terminar con el dolor, también. “Estuve hasta que asumió Alfonsín y lanzó un decreto a 30 días, para quienes quisiéramos solicitar la baja, y lo hice. El último día que salí de aquel hospital me paré en medio de la calle, volteé a verlo y le tiré un beso. Fue un beso de agradecimiento a Dios, a la patria y a nuestros soldados. Agradecí el haber servido al país”.

A partir de eso una nueva vida la esperó en Catamarca, donde vivía la familia de su esposo marín y donde la vida le dio una nueva oportunidad.

Hoy quisiera agradecerle a todas aquellas enfermeras con quienes trabajé, tal vez el trajín de los días hacía que no nos diéramos cuenta pero tuvimos la oportunidad de servir a la patria, curando más que heridas. La guerra bélica terminó pero aunque el conflicto continúa vía diplomática hasta la actualidad, agradezco a Dios poder entender hoy la dimensión de todo lo que aquello tuvo”, finalizó.

En los últimos años, Ester recibió el reconocimiento en Catamarca por sus labores presentadas en el Hospital Naval Puerto Belgrano, siendo destacada como ciudadana ilustre en aquella provincia y además, reconocida por el Ministerio de Salud y el Gobierno provincial. 

En diversas oportunidades brindó charlas para destacar las tareas desempeñadas en 1982, bajo el lema "Mujeres en la Historia", y conformó el cuerpo de bandera. 

 

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