Historia

El milagro de la Difunta Correa que moviliza a una familia cordobesa

Ese septiembre viajó con su esposo a Vallecito, San Juan, para conocer el santuario de Deolinda Correa, popularmente conocida como la Difunta, y ahí hizo la promesa.

La primavera era inminente. Corría el año 2009 y los vecinos de Mina Clavero, una ciudad serrana ubicada a 139 kilómetros al sudoeste de Córdoba capital, empezaban a disfrutar de los días cálidos. Graciela Villada, una de sus habitantes, realizaba sus tareas cotidianas. A veces, en su trabajo, solía pensar en Camila, su única hija. Una angustia le oprimía el pecho.

Ese septiembre viajó con su esposo a Vallecito, San Juan, para conocer el santuario de Deolinda Correa, popularmente conocida como la Difunta. Era devota desde pequeña, pero nunca le había pedido un milagro hasta entonces.

Llorando y con una medalla de su hija entre las manos, le susurró a la Difunta Correa que la ayudara para que Camila, quien vivía una etapa difícil en Córdoba, encontrara un mejor rumbo.

A los tres meses de ese pedido, la vida de la primogénita de Villada empezó a transitar otros matices. Camila debutó con la obra de teatro Carnes Tolendas, retrato escénico de un travesti, dirigida por María Palacios y con el asesoramiento de Paco Giménez. Con esa pieza, la joven Sosa Villada nació como actriz de culto, contó su vida en formato de biodrama, se despidió de la prostituta que había sido hasta entonces y logró convertirse en una referente de la cultura local.

Para la promesante, ese “milagro” se lo hizo Deolinda Correa. “Te lo cuento y se me hace un nudo en la garganta”, detalla Graciela.

Con el correr de los meses, Villada se atrevió a contarle a su hija lo que ella le había pedido a la “santita” en el santuario de Vallecito. Por ese motivo, todos los años vuelve con su esposo para agradecerle en persona los favores concedidos. Incluso, en una oportunidad, logró que Camila la acompañara.

El paraje
En la cima del cerro La Toma, en Vallecito, San Juan, la Difunta custodia los pedidos y agradecimientos de los miles de devotos que, como Graciela, llegan a diario para venerarla. Algunas personas van con sus familias, otras lo hacen solas, pero nadie se olvida de la ofrenda: una botella de plástico llena de agua.

Desde hace unos años, el santuario de la Difunta Correa creció y obligó a la administración a organizar mejor los espacios. 

Por un lado, está la capilla donde residen los restos de Deolinda Correa, que mandó a construir a finales del siglo XIX el arriero Zeballos por uno de los milagros que se le atribuye a la Virgencita del desierto. Una vez que uno ingresa a ese espacio, puede observar las placas de bronce y cerámica con los agradecimientos.

Alrededor de esa capilla se han creado otras que albergan objetos disímiles como los pedidos. En la de las novias y quinceañeras, las mujeres le ofrendan a Correa los vestidos con los que coronaron una noche perfecta. Tal es el caso de María del Carmen Suárez (73), una cordobesa que cuando logró casarse con un sanjuanino le llevó su vestido de novia. Este aún resiste el paso del tiempo y se expone en la vitrina de las novias. Otras jóvenes no sólo le llevaron el vestido, sino que se atrevieron a compartir una foto de ellas con esa vestimenta y dejarla también pegada sobre los vidrios.

En la de los automóviles hay muchas fotografías y réplicas de autos y camiones de madera ubicados en viejas estanterías. Algunos bautizan sus vehículos con nombres. A simple vista, sobresale un camión con la leyenda “Llegó Lucito”.

Otros comparten imágenes de la familia con el auto, como es el caso de Roberto Carrera, quien dejó una copia en esa capilla. “Cumplí mi objetivo. Gracias a vos, Difunta Correa. Mil gracias. Siempre presente con nosotros”.

Fuente: La Voz del Interior

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