Historia

Ruth, la caucetera que pasó hambre y ahora alimenta a 120 chicos en su casa

Tiene solo 28 años, y se convirtió en una líder social del asentamiento El Ramo. La Nación dio a conocer su historia.
domingo, 14 de octubre de 2018 22:05
domingo, 14 de octubre de 2018 22:05


Ruth Urbano vive en el asentamiento El Ramo; ante la necesidad del barrio abre su casa para dar de comer los días de semana.

Ruth Urbano llora cuando se acuerda de los días en los que no tenía nada para darle de comer a sus hijos, llora cuando cuenta que su propia necesidad fue la que la llevó a pensar que muchos otros chicos del barrio podían estar en la misma situación y tambiénl llora de emoción al ver que le está pudiendo dar una solución al hambre del barrio.

"Los niños están totalmente olvidados acá. Muchas veces mis hijos pasaron situaciones feas y por eso yo ahora pongo mi tiempo y mi corazón para poder ayudar a otros chicos", cuenta. Estos 120 chicos de todas las edades a los que ella asiste son los que se amontonan alrededor de las mesas que Ruth sacó a la calle para poder recibir su té y su "sopaipilla". De fondo se siente una eterna sinfonía de ruidos de cacerolas y platos. Así es el día a día del merendero Berbechito, que funciona hace tres meses en el asentamiento El Ramo. Y así es Ruth, quien con tan solo 28 años se convirtió en una líder social entre sus vecinos.

La situación de vulnerabilidad que se vive en la zona es muy extrema. Son un conjunto de ranchos apilados que no cuentan con ningún servicio. Desde Cáritas le envían la mercadería y ella se encarga de racionarla de la mejor manera posible. vivimos en el barrio chino porque estamos chin luz, chin gas, chin agua, chin nada", dice Ruth a modo de chiste.

Pero lo cierto es que no encuentra demasiados motivos para reírse. "Tengo cuatro hijos de 7, 6, 4 y 2 años. Iba a otro merendero al lado donde les decían que eran "muertos de hambre" porque les tomaban la leche a otros chicos. Los dejé de mandar. Y cuando había para comer comían, y cuando no, no", dice todavía entre lágrimas.

Pero lejos de quedarse con los brazos cruzados, ese enojo y esa impotencia la llevaron a plantearse la una pregunta: ¿Si hay tantos merenderos, por qué yo no lo puedo hacer y trabajar para los chicos del barrio? Me acerqué a Cáritas y les dije: les quiero ofrecer mi ranchito para un merendero". Enseguida le dijeron que sí y pusieron manos a la obra.

"Ruth tiene mucho carisma con la gente. Encontrarla fue algo de Dios, porque tiene una visión de servicio increíble. Es una entre mil personas, tiene un don especial para tratar a los chicos", señala Alejandro Quiroga, director de Cáritas Caucete.

El merendero y la casa de Ruth son la misma cosa. Todo sucede en el mismo radio de acción y con el mismo amor. Ella cocina dentro de su rancho de adobe, palos de madera y nylon, y después arma una mesa con sillas en la puerta para que todos reciben su ración. Mientras esperan los chicos aprovechan para jugar al fútbol en una cancha de barro.

"En un primer momento abríamos los lunes, miércoles y viernes, pero los chicos venían también los martes y jueves a ver si no tenía algo para darles. Y como a mí me sobraba un poco de mercadería, lo empezamos a abrir todos los días de la semana", recuerda.

Ruth es un pulpo que no para un segundo. Se las ingenia para servir cientos de tés, repartir la merienda a los chicos y atender a cada uno de sus necesidades. Todos le gritan al mismo tiempo y ella los escucha con una paciencia infinita.

Ella cobra la AUH por sus cuatro hijos y en este momento su marido no tiene trabajo, pero se las rebusca como puede con alguna changa. "Está esperando que le salga la poda", agrega. Como está más tiempo en su casa, la ayuda con todo lo que puede.

Los chicos se cuelgan de la mesa, agarran las tasas y piden repetir. A unos metros de distancia, las madres conversan y los esperan. Porque acompañarlos a tomar la merienda a lo de Ruth se convirtió en un ritual.

"Sufrimos muchísimo con el agua en el verano. Y cuando llueve no se puede ni salir. Está todo inundado y los chicos se enferman. Hay muchos con sarna por estar jugando afuera con la gran cantidad de basura que hay en la calle", dice María Vargas.

"Es como que estamos abandonados. Y los niños te piden cuando no tenés porque ellos no entienden. En Ruth confiamos a muerte. Es increíble el trabajo que ella hace. Se desvive por los chicos", acota Gisela Castillo.

Desde Cáritas le envían la mercadería y ella se encarga de racionarla de la mejor manera posible. "Yo me dedicaba solo a mis hijos y ahora me dedico al barrio. Yo les amaso todos los días. A veces les doy a elegir a ellos lo que más les gusta. Puede ser té, arroz con leche, leche con chocolate, "sopa y pilla" o tortitas", cuenta.

Ruth envía a sus hijos a la escuela Arancibia porque sabe que ahí desayunan y almuerzan todos los días. Ella llegó hasta 4to años del secundario y tiene ganas de terminar. "Ahora estoy muy atareada con los chicos", reflexiona.

La principal necesidad del barrio es poder tener agua potable. Un camión va a repartirla solo dos veces por semana, los martes y los viernes. "La situación acá es bastante jodida. Tenemos muchísimas necesidades. En vez de mejorar, empeora. Necesitamos el agua para bañar y asear a los chicos, para hacer de comer y para limpiar", dice.

"Poder ayudar a otros es una emoción muy grande, al tener tantos chicos, y ver que ya no pasan tanta necesidad. No tengo palabras para explicarte.

Su sueño más grande es el de muchos: poder tener una casa de material. "Andá a saber cuándo va a salir o me la irán a dar. Yo cuando tenga mi casa, voy a hacer un salón grande para los chicos para poder tomar la leche y tener el merendero", cuenta.

Hace 8 años que Ruth vive en ese asentamiento que hoy reúne a 270 familias y por eso sabe de sus padecimientos que también son propios. "Yo conozco a todos en el barrio, de punta a punta, los nombres de sus familias, sus necesidades. Muchas madres me dicen: "te agradezco porque mal que mal me ahorrás la leche, el azúcar y saben que los chicos comen todas las tardes".

Pero el vínculo con Cáritas fue más allá de la donación de alimentos. La seleccionaron como referente de la zona para que pudiera contar sobre las necesidades del barrio. "La mística de Cáritas es la promoción humana y nosotros siempre queremos tener gente del barrio para formar parte de los equipos", explica Quiroga. Ruth agrega con humildad: "Me dejó helada, todavía me pregunto por qué me eligieron a mí".

También los sábados se sumó al taller de tejidos que brinda la ONG y les hizo a los chicos gorritos y bufandas con los colores de Argentina que les repartió el 25 de mayo. Para esa fecha, hicieron un locro para todo el barrio. "Nos pidieron solo el locro y el maíz, todo lo demás lo consiguieron ellos. Ruth tiene esa idea de que uno no le tiene que dar todo sino que ellos pueden encontrar la manera de conseguirlo", agrega Quiroga.

Para el barrio, Ruth es un ejemplo de resiliencia y entrega. Todos destacan su gran honestidad y fuerza de voluntad. "Ruth nos ayuda a darnos cuenta de que entre tanta pobreza existen personas con vocación de servicio, que se olvidan de su propia necesidad y se ocupan de los demás. Nosotros nos hemos fortalecido con su compromiso", concluye Quiroga.

Fuente: LaNación.

Comentarios