La “penitencia” de la democracia

Juan Pablo II planteaba que la reconciliación era el estado normal de vida de cualquier comunidad, porque significaba la continua actitud de realización del diálogo como “cocina” de lo cotidiano, como experiencia de encuentro, aún como momento de visibilización de toda injusticia social que debía mutar hacia una justicia y caridad social.
domingo, 03 de noviembre de 2013 01:29
domingo, 03 de noviembre de 2013 01:29

Por Ivan Grgic

Hace 30 años se vivía un tiempo único, como todo tiempo. Nos impactábamos por los efectos especiales de "Stars Wars” o del "Superman” de Christopher Reeve, la crudeza de "Caracortada” y la frase "todo el mundo es tuyo” de un joven actor llamado Al Pacino, o esa maravilla de Ettore Scola titulada "El Baile” y hasta el particular análisis del ’74 de Héctor Olivera: "No habrá más penas ni olvido”.

También hace 30 años, un sábado 29 de octubre, los argentinos desempolvaban sus documentos para las elecciones del día siguiente, viajando gratuitamente en tren de una punta a otra del territorio nacional y llegando a tiempo a la urna correspondiente. No había pasado una década y, sin embargo, parecía una eternidad. Poder votar… era la esperada fiesta de la democracia.

Esa misma tarde, Juan Pablo II concluía un encuentro de los obispos del mundo, en un Sínodo para reflexionar sobre la penitencia y la reconciliación en la misión de la Iglesia, "profundamente conscientes de nuestras propias debilidades, así como las de los fieles confiados a nuestro cuidado pastoral”. Terminaba así un Año de la Redención para vivir la propuesta.

El papa beato planteaba ese día que la reconciliación era el estado normal de vida de cualquier comunidad, porque significaba la continua actitud de realización del diálogo como "cocina” de lo cotidiano, como experiencia de encuentro, aún como momento de visibilización de toda injusticia social que debía mutar hacia una justicia y caridad social. Decía que, para vivir en un estado de reconciliación era necesaria la penitencia, definida como "metanoia" es decir cambio mental, giro de la mirada hacia aquello que le da sentido a la vida común: comunión con Dios y con el otro, el hermano.
 
Ver la comunión como meta para vivir en reconciliación como estado, era además la propuesta de un prisma con el cual analizar la sociedad. Eran momentos de angustia mundial por la carrera armamentista y nuclear entre URSS y EEUU, y parecía sentirse un "llanto” mayor que el de desastres y cataclismos a favor de la reconciliación, un clamor para que los líderes de las naciones se orientaran resueltamente en la dirección de una paz garantizada y estable. Ese climax de autodestrucción social era un signo de un "pecado estructural".

La Nación no era ajena a ese pecado social que necesitaba su penitencia para su reconciliación. Tenía un sistema que hablaba de muerte y desaparecidos, de silencios y cobardías, de heroicidades y compromisos, de voces y clamores. No era un tiempo iniciado en las elecciones previas: su punto de partida era la mirada que, mucho tiempo antes, había olvidado la libertad de todos, la paz cotidiana, la honestidad de cada ciudadano, la potencia de la construcción diaria de la sociedad, la unidad fraterna que nada debía entorpecer, la vida sagrada de todos y de todo que no debió ser afectada. Por eso, votar era una oportunidad para la penitencia, la metanoia, el cambio de mirada hacia dónde queríamos ir. Si hacíamos la penitencia de la democracia, podíamos vivir la reconciliación de la república.

Cada situación de elecciones nos lleva a ese mismo momento originario. Una opción puede ser la negación de la penitencia, como si nos encegueciésemos ante el futuro, nos sometiéramos en la incapacidad de girar hacia la mirada común. Los ’70 muestran tanto las búsquedas de miradas liberadoras como la tarea por uniformar el horizonte y obligar al otro para eso, o constituirlo como enemigo.

Otra opción es la exaltación tal alta del momento eleccionario que olvida lo que sigue. Se parece a esos novios cuya fiesta de casamiento es tan brillante que diariamente vuelven a ese instante con fotos y recuerdos, sin aceptar que ese momento fue una puerta fundamental y totalmente plausible, pero solo una puerta.

Entre estas opciones se halla el llamado profundo a elegir para vivir, como el trigo en medio de la cizaña que trata de abrirse espacio para dar la buena semilla. Es una costumbre tener cizaña pero no es bueno ni verdadero. El pasado 30 de octubre recordamos aquella posibilidad de volver a elegir luego de la última dictadura. Pero también es una voz que llama a mirar pluralmente el horizonte que cultivamos para vivir, y a hacer la penitencia de la democracia para la reconciliación de la república.

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