El derecho a equivocarse

Es poco común escuchar a un funcionario que exprese sus disculpas de alguna manera y lleguen los cambios esperados como consecuencia del pedido de perdón. Siempre será falta de tiempo, cosas por hacer, campaña de la oposición, expresiones sacadas de contexto o culpa de los demás.
domingo, 20 de octubre de 2013 02:55
domingo, 20 de octubre de 2013 02:55

 Por Ivan Grgic

El primero de septiembre pasado falleció David Frost, quien fuera periodista y presentador británico de televisión. Frost supo entrevistar a Tony Blair, Yaser Arafat, Mandela, Bill Clinton y a Margaret Thatcher, a la que consiguió hacerla enojar mientras le preguntaba por el hundimiento del "Belgrano” en Malvinas. 

De todos modos, no parece haber dudas en afirmar que la entrevista más famosa fue la del ex presidente estadounidense Nixon en 1977, representada en el excelente film "Nixon/Frost” hace cinco años. El mandatario había dimitido en el cargo en 1974 luego de ser acusado de escuchas ilegales en el famoso caso "Watergate”, y recibió la propuesta de la entrevista y su jugosa retribución económica. Ese encuentro televisivo fue el escenario donde admitió su error delante de 400 millones de espectadores, reconociendo que había "defraudado” a los norteamericanos y pidió perdón.

No es común escuchar que un servidor público pida perdón, reconozca errores o admita equivocaciones. Francisco lo asentía hace poco aludiendo a "hombres pecadores, mujeres pecadoras, sacerdotes pecadores, monjas pecadoras, obispos pecadores, cardenales pecadores, papas pecadores". Antes, en tiempos del Jubileo del 2000, Juan Pablo II lo había hecho con los pecados cometidos al servicio de la verdad, la intolerancia y la violencia en las guerras de religión, las Cruzadas y en la Inquisición. En esa lista agregó las faltas a la unidad, las relaciones con el pueblo Judío, los derechos de los pueblos y el respeto de las culturas, la dignidad humana y de las mujeres, las etnias, los pobres y marginados. En Argentina se siguió con la misma actitud al pedir perdón en 6 carillas, destacando "los silencios responsables y la participación efectiva de muchos de sus hijos en la tortura, la delación y la muerte absurda que ensangrentaron la Nación".

No han faltado algunos gobernantes como Perón cuando pidió disculpas en los 70 por sus faltas a su fe cristiana, u Obama reconociendo su error al calificar como "la más atractiva” a una fiscal y fue tomado de sexista, el diputado Cabandié aceptando su mal trato hacia un agente público y necesitar él un "correctivo”, o el rey de España luego de su cacería de elefantes: "Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir".

¿Alguien más? Es poco común escuchar a un funcionario que exprese sus disculpas de alguna manera y lleguen los cambios esperados como consecuencia del pedido de perdón. Siempre será falta de tiempo, cosas por hacer, campaña de la oposición, expresiones sacadas de contexto o culpa de los demás.  Ni que hablar del silencio tan expresivo y muchas veces cómplice de la jerarquía de la Iglesia en temas de pederastia o manejo de dinero. ¿Es que no deben pedir perdón, reconocer errores o equivocaciones?

Pareciera que los que gobiernan acarrean los mitos de la mala paternidad/maternidad, y consideran que la autoridad conlleva la imposibilidad de error y creer que si se lo reconoce el poder se socava. Se añade el conteo de los votos que se perderían, la imagen negativa que crecería, el crecimiento de las internas partidarias y tantas otras justificaciones para llegar a lo mismo: un funcionario no pide perdón porque nunca se equivoca. No se equivoca en la planificación, que siempre se hizo y siempre fue acertada.  No se equivoca en la estrategia de ejecución que siempre tuvo la prudencia y exactitud para el bien público. No se equivoca en la realización, que siempre se hizo con equipos técnicos apropiados para la perfección de las obras.

Se ha afirmado que la educación no es una vasija que se llena sino una llama que se enciende. Los padres y madres comprenden cada vez más que la educación de sus hijos tiene una referencia fundamental y necesaria en su autoridad. También entienden que la autoridad incluye la capacidad explícita de admitir errores, pedir perdón, reconocer equivocaciones y actuar en consecuencia. La llama se enciende con la verdad y el testimonio de vida.

¿Qué sería de un pueblo que tuviese gobernantes que admitieran errores? ¿Qué sucedería en un lugar donde el líder dijese que no le salieron las cosas como creía, que estaba equivocado/a, y que alguien previo hizo las cosas mejor que él? ¿Qué ocurriría en la gente si sus dirigentes aceptaran sus fallas y cambiaran rumbos gracias a la riqueza de los sanos debates de la pluralidad, la transparencia y la verdad? Gandhi hubiese respondido: "puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio”.
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