El abrazo de los afectos

Muchas veces le suceden cosas a personas que no conocemos, que nos impactan no sólo por el hecho en sí, sino porque llegan hasta las fibras más íntimas de nuestros sentimientos.
domingo, 13 de octubre de 2013 00:07
domingo, 13 de octubre de 2013 00:07
Por: Ivan Grgic

Los que recordamos el final de la Copa Mundial de Fútbol de 1978, lo hacemos por muchas razones. Una de ellas es una foto: un hombre sin brazos que se acerca a Fillol y Tarantini y abraza con su corazón a esos hombres arrodillados que lloran de alegría por el campeonato logrado.

Muchas veces le suceden cosas a personas que no conocemos, que nos impactan no sólo por el hecho en sí, sino porque llegan hasta las fibras más íntimas de nuestros sentimientos. Aunque los medios de comunicación obviamente ayudan a que este impacto tenga una dimensión mayor, pareciera que el protagonista nos deja su corazón más cercano y palpable hasta casi tocar el nuestro. Y solemos decir "lo siento”, "lo lamento mucho”, "mi más sentido pésame”, etc. 

De los últimos casos nos han tocado diversas mujeres muertas en situación de violencia de género, personas pobres que claman sus muchas injusticias, niños y ancianos abandonados, y, hace un par de días, el accidente de José Luis Gioja, junto a Daniel Tomas, Margarita Ferrá de Bartól y Héctor Perez.

¿Lo sentimos por su función, su publicidad, la morbosidad del suceso o porque son personas como nosotros, que sufren, lloran, buscan, luchan, mueren? Como en aquél Mundial de fútbol, descubrimos que hay corazones latiendo a nuestro lado que podemos abrazar y nos hace bien hacerlo.

Los egoísmos de todos los tiempos y los narcisismos de la actualidad tironean el interior humano hacia uno mismo y la correspondiente crítica despiadada hacia todo el que nos rodea. Nunca falta el agregado cultural que mira las relaciones como amigo o enemigo, o  la sospecha del dolor ajeno cuando parece superar el propio (¡que siempre debe ser el mayor!), o la hipersensibilidad que toma como personal lo que nos toca.

En el otro extremo asoma la dureza del alma que se afirma con heridas, con razonamientos lógicos que justifican posturas, con miedo a la apertura, aún con la convicción profunda de que es malo ser vulnerable. Obviamente es muerte en vida, pues la insensibilidad va haciendo de piedra el corazón. 

No parece ser cuestión de punto medio entre egocentrismo o insensibilidad, sino de redescubrir la humanidad que nos define, ya que los extremos solo nos deforman, nos vuelven inhumanos y nos hacen irreconocibles aún para nosotros mismos. Y puede pasar mucho tiempo y oportunidades de volver a ser "persona”.

Los caminos de "ablande” son buenos si se pone el corazón en consideración hacia uno mismo a través de la terapia, la espiritualidad, la amistad sincera, la fe o el compromiso solidario. También es cierto que el abrazo y las lágrimas son un buen camino de renovación.

El problema no está en estos caminos, sino en la decisión de dejar atrás los extremos del corazón que han arrullado de tal manera el interior que no lo dejan partir. Es como una adicción que atrapa y ante el menor amague de desapego parecen llorar caprichosamente su abandono. Allí el corazón vuelve a cobijar sus adicciones extremas como si de eso dependiese su vida.

Entonces, cuando las historias movilizan, aparece una oportunidad de humanidad. Es el momento de permitirnos lagrimear, abrazar, escribir desde el alma, gritar, o insultar para buscar la paz. 

Es bueno dar el pésame y abrazar con el sentimiento, siempre y cuando estemos dispuestos a darnos una oportunidad. Solo para ser humanos.

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