California

El escalofriante crimen de una niña secuestrada en un pijama party

Las tres amiguitas se habían juntado para jugar, maquillarse y disfrazarse. Un hombre entró y con un cuchillo la amenazó. Luego se la llevó.
martes, 03 de diciembre de 2019 09:24
martes, 03 de diciembre de 2019 09:24

Fue una suma de errores y un crimen que claramente pudo haberse evitado. Un hombre ingresó a la casa de una familia cuando los adultos dormían y las nenas disfrutaban de un pijama party y secuestró a una de ellas para luego matarla. El hecho se dio en la ciudad de Petaluma, California, el 1 de octubre de 1993. Y si bien pasaron muchos años, el asesinato aún sigue conmocionando y más después de que se conocieron errores que cometió la policía y que si no hubieran estado, la pequeña nunca habría sido asesinada.

Aquel día, que era viernes, las tres amiguitas se habían juntado para pasar la noche disfrazándose, jugando a los videojuegos, comiendo cosas ricas y maquillándose. Para los padres de las nenas y los dueños era una noche segura, una casa segura y no había nada que hiciera pensar lo peor. Sin embargo esto ocurrió.

Polly era la anfitriona de la reunión de amigas. La nena de 12 años recibió en su casa a sus amiguitas Gilliam P. y Kate McLean. Las tres comieron helado en palito y en el cuarto de Polly jugaron al Nintento. Luego, cerca de las 22 horas, la madre de la anfitriona le pidió a todas que bajaran la voz al jugar y que se acostaran temprano. 

La madre se fue a dormir, al dormitorio que estaba apenas una puerta de por medio con la habitación de las nenas y no supo más nada hasta que se desató la desgracia.

Media hora después de esto, Polly fue a buscar unas bolsas de dormir para compartir con sus amigas y cuando fue a un cuarto a buscarlas se encontró con un hombre que la amenazó de muerte. Aquel hombre era barbudo, tenía los brazos tatuados y portaba un intimidante cuchillo en una de sus manos. Con éste elemento, llevó a la nena a donde estaban sus amiguitas y les ordenó tirarse al piso boca abajo, en total silencio sino les cortaba el cuello. Las nenas muy asustadas hicieron caso y terminaron con la cabeza cubierta con fundas de almohadas y las manos atadas con el cable que cortó del Nintendo de Polly.

(foto Polly Klaas Foundation)

Luego huyó con Polly en sus brazos. Cuando esto ocurrió, las nenas fueron corriendo a avisar a la mamá, Eve Nichol, quien estaba durmiendo en la habitación de al lado. Ella pensó que lo que le decían atropelladamente las amigas de su hija, era un pésimo chiste pero tras buscar a Polly y las pequeñas entrar en un momento de desesperación que se hacía incontrolable, se dio cuenta que todo era real y llamaron a la policía. Ahí fue cuando comenzó la serie de errores que le terminaron costando la vida a la nena.

Los vecinos vieron al hombre y llamaron a la policía

Tras el desesperado llamado de emergencia de la mamá de Polly, se empezaron a dar una serie de errores en la policía que le costó la vida a la nena. En el llamado, la amiga de la pequeña, Kate McLean le detalló a los efectivos cómo era el hombre que ingresó a la vivienda e hizo lo que hizo con ellas: “Él se llevó a Polly… Nosotras sentimos cerrarse la puerta”. Y siguió describiendo lo ocurrido: que el hombre les había prometido no lastimarlas, que solo iba a robar, que en un momento le había dicho a ella “No te preocupes, no te voy a tocar”.

Cuando la madre de Kate iba directo a la casa de Polly a buscar a su hija, encontró en el camino, en medio de la noche, a un hombre parado en el camino peleando con su auto Ford Pinto porque se había "clavado" en una zanja y no lo podía sacar. El hombre era barbudo, con el pelo recogido en una colita, tatuado y tenía una bolsa en la mano. Sin embargo la mujer nunca interpretó que podía ser el autor del secuestro porque aún no tenía los detalles que luego le dio su hija.

Al mismo hombre lo vieron varios vecinos de la zona, uno de ellos fue una mujer que trabajaba como niñera en una casa del lugar. Cuando Shannon Lynch salió de trabajar, alrededor de las 23 horas, se iba en el auto a su casa y vio a un hombre sospechoso con el auto detenido y se acercó a preguntarle qué le pasaba. 

De acuerdo al detalle de Infobae, el hombre barbudo estaba apoyado sobre el baúl. Shannon paró y el hombre se acercó: su aliento a alcohol y su olor a suciedad sumado a restos de ramas y hojas en su pelo (como si hubiese estado revolcándose entre los matorrales), la asustaron. Le preguntó qué necesitaba y él le dijo que se había encajado y que precisaba una soga. Shannon aprovechó para remarcarle que ese era un camino privado, que él no estaba respetando la propiedad al haber conducido por allí. El hombre se apoyó en la ventana y le dijo desafiante: “¿¡Qué te pasa con este camino?!”.

Shannon decidió irse sin decir nada más. Manejó hasta el teléfono más cercano. Desde allí llamó a la madre de la nena que acababa de cuidar, Danna Jaffe, le contó lo ocurrido y le aconsejó llamar a la policía.

Danna, que estaba sola con su hija, sintió mucho miedo y optó vestirse rápidamente para dejar la casa e ir a un sitio seguro. Las dos se subieron al auto y, mientras salían manejando por Pythian Road, vio el coche. Siguió conduciendo hasta una estación de servicio y, desde un teléfono público, llamó al 911.

Los errores de la policía

Tras el llamado de los vecinos por el sospechoso hombre, los efectivos llegaron al lugar y no solo vieron al individuo sino que lo entrevistaron. Pero nunca interpretaron que podía ser el secuestrador, porque los policías no sabían que en la zona un hombre con esas características había secuestrado a una nena.

El error de no saber lo que ocurría se dio porque el llamado de alerta por la desaparición de la nena se dio en la línea interna de comunicación 3 y el llamado por el hombre sospechoso en la línea 1. Los efectivos que reciben esas llamadas son de diferentes áreas y no se cruzaron. Ése fue el primer grave error.

El hombre en cuestión, que transpiraba profusamente a pesar de que hacía frío, se llamaba Richard Allen Davis. Chequearon, pero ni él ni su auto tenían pedido de captura. Segundo grave error: los agentes no tenían acceso a las bases de datos de casos recientes donde podrían haber leído el frondoso prontuario de Davis que incluía intentos varios de secuestro.

Los policías, de todas formas, sospecharon de ese hombre sucio y transpirado, que se había encajado en la mitad de la noche en un sitio insólito. Quisieron convencer a la dueña de casa de hacer una denuncia por invasión a la propiedad privada. Según la ley de California para poder arrestar a Davis, Danna Jaffe tenía que ir con ellos hasta el auto y pedirlo. Pero no quiso hacerlo. Al fin de cuentas, no había pasado nada grave.

Los policías registraron cuidadosamente el interior del vehículo. No vieron nada más que cerveza, pero como en ese momento Davis no estaba manejando, no era ilegal. Llenaron unos papeles con los datos de Davis y llamaron a una grúa para sacar el coche. Luego lo escoltaron hasta la ruta y... adiós.

No sería hasta el 27 de noviembre que Danna Jaffe volvería a llamar a la policía. Estaba controlando un trabajo de deforestación en su terreno cuando descubrió un trapo en el área donde había estado encajado aquel Ford Pinto. Eran unas leggings infantiles rojas. También halló un buzo negro dado vuelta y un pedazo de género blanco con forma de capucha.

El recuerdo de aquella extraña noche del desconocido empantanado en su propiedad, que luego supo había coincidido con un cercano secuestro irresuelto, le despertó un sentimiento pavoroso. Se le encogió el corazón: ¿Y si Polly Klaas hubiese sido víctima de ese hombre barbudo? La menor llevaba, a estas alturas, casi dos meses desaparecida y no había ningún detenido.

Llamó a la oficina del Sheriff y comunicó sus hallazgos. El investigador Mike McManus fue hasta allí. Revisando más minuciosamente con Danna el terreno encontraron, además, un envoltorio de preservativo, dos pedazos de correa, una botella de cerveza y unos fósforos. Todo fue levantado de la escena y llevado al laboratorio de criminalística del FBI para comparar con otras prendas tomadas de la casa de Polly. Las calzas y la capucha encajaban a la perfección.

Fue verificando las llamadas de esa noche del 1 de octubre que los detectives de homicidios se dieron cuenta de algo vital en la logística de investigación de crímenes: los equipos policiales usaban distintos canales. Por ello, los que habían tenido al alcance de la mano a Davis aquella noche nunca podrían haber sabido del secuestro ocurrido dos horas antes. No tenían ni idea que una niña de 12 años había sido raptada por un sujeto barbudo, de mediana edad, a pocos kilómetros de allí. De haberlo sabido, el final hubiera sido otro. Porque cuando ellos estuvieron con Davis luchando por sacar el auto de la zanja, en la oscuridad de la noche, Polly todavía estaba viva. Y escondida muy cerca.

Davis jamás proporcionó el cronograma exacto de cómo se desarrollaron los hechos, pero sí admitió que Polly vivía para el momento en el que le tomaron los datos de su auto. Él le había ordenado esconderse entre los arbustos y matorrales antes de que llegaran los policías. Las hojas y ramas en el pelo de Davis tenían perfecta explicación.

Una vez que extrajeron el coche, los policías lo escoltaron hasta una ruta. Davis esperó media hora y volvió al lugar. Se sorprendió, les reconocería luego a los investigadores del caso, que Polly en ese interín no hubiera tratado de escapar. La subió de nuevo a su coche, manejó en el medio de la oscuridad, la llevó a hacer pis a una estación de servicio y, luego, condujo hasta cerca de la ciudad de Cloverdale. Allí, en un paraje desolado, la estranguló y la enterró. En el juicio aseguraría no recordar si la había violado.

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